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Yacarés en zarpa de guerra

  • ARTURO MENDOZA MOCIÑO
  • en Cultura

Cuentos de la selva de Horacio Quiroga fue el libro con el que nací como lector. Si bien en mi casa abundaban los libros y las revistas, los diarios y las historietas de todo tipo, no recuerdo ningún otro título de aquella época que haya desatado tanto enfebrecimiento como aquella obra “infantil” del mítico escritor uruguayo.

La edición que aún conservo, garabateada con mi torpe caligrafía de siete años, ya no tiene pastas pero tiene todos esos pasajes que me avistaron otros mundos más allá de mi hogar y la raquítica televisión de los años 70: la vanidad de los flamingos que usaron como medias las pieles de serpientes para provocar el enojo de otras sierpes que los picotearon tanto hasta quedar rosados; la perezosa abeja que, por dormirse en sus laureles y libar la miel de la flojera, murió de hambre y frío en un cruel invierno; aquellos coatíes que fueron criados como humanos por una bondadosa pareja; pero, brilla con más fuerza, lo que Quiroga llamó con sabiduría poética “La guerra de los yacarés”.

De entrada, ¿qué es un yacaré? Mi candidez me hacía pensar que un yacaré era una especie de antigua arma, un animal parecido a un dinosaurio, un raro grito de guerra. En cuanto pude busqué qué era esa cosa-creatura-palabra en un diccionario argentino que primero educó y formó a mi padre y que a mí me fascinaba porque ahí estaban todas las palabras con las que tropezaba en los libros impresos en Buenos Aires y Santiago de Chile que abrigaron mis años de infancia.

A lauchita, atorrante, linyera, basilisco, se sumó pronto yacaré, como se les llama a ciertos cocodrilos al sur del continente, pero esta palabra brilló por encima de todas por el cuento donde Quiroga los convierte en héroes.

El autor de “El almohadón de plumas” cuenta que un buen día a los yacarés de un río los despierta el ruido de algo que no habían visto jamás. Ante ellos, delante de sus hocicos y asustados ojos, se desplaza un enorme tronco de metal que arroja humo al pasar.  El ruido es lo que más los irrita porque éste asusta todos los peces que ellos comen.

El hambre y el desconcierto los obliga a ponerle freno a aquel tronco de metal, pero las blancas creaturas que van encima de éste una y otra vez rompen las diques de madera que, con mucho esfuerzo, arman cada tanto los reptiles para frenar la avanzada del progreso humano que apenas conocen.

El más viejo de los yacarés y un listo pez, un suribí, esa otra palabra mágica de mi infancia, van en busca de una barra de metal que, asegura el suribí, hunde esos troncos llamados barcos en un santiamén. De la misma manera que los yacarés se han organizado para construir troncos van por aquella arma para usarla con la causa de sus desvelos.

La lanza de metal resulta un torpedo que hunde el barco y los yacarés destazarán con felicidad a aquellos seres blancos que apenas prueban y que tienen un apelativo desconocido antes por ellos: hombre.

El final feliz de “La guerra de los yacarés” es sobradamente cruel como varios de los cuentos de Quiroga, aunque esa crueldad es la que lo volverá famoso y célebre hasta nuestros días junto con una prosa sencilla, directa y vertiginosa que se convirtió en modélica para generaciones de escritores ríoplatenses.

A punto de cumplir cien años de su publicación, en 2018, Cuentos de la selva es, junto con Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), uno de los best sellers más idolatrados en la historia de la literatura hispanoamericana, una fama que habría encantado a Horacio Silvestre Quiroga Forteza, ese hombre que perdió a su mujer Ana María Cire en la selva del Alto Paraná, que volvió barbado de París, aquel uruguayo porfiado que el 19 de febrero de 1937 decidió quitarse la vida con cianuro antes de que el cáncer de próstata le arrancara la vida porque ande por ande esa creatura llamada hombre siempre hay un momento en que se debe desenterrar el tomahawk y ponerse en pie o en zarpa de guerra ante los embates del destino.

 

*Editor y periodista cultural independiente

yambacaribe@gmail.com

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