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Ramón

  • Iván García Vargas

Esa mañana como todas las de los últimos 22 años, Ramón llegó 15 minutos antes de su hora de entrada al trabajo, metódica religiosidad, tomó su tarjeta de registro de asistencia del estante junto al reloj checador, identificó la silla correspondiente al día en curso y la introdujo en la ranura, jaló la palanca y retiró la tarjeta, la acercó a la nariz e inspiró de manera profunda, siempre le gustó el olor de la tinta recién impresa en la tarjeta, pero ya no era por el olor, lo hacía por ritual, era una forma de aliciente espiritual, que lo disponía a iniciar sus labores.

Veintidós años de ser camillero en el turno nocturno de la clínica de especialidades no es poca cosa, son un cúmulo de noches de arduo trabajo, de esfuerzo físico, de frío y de soportar el desvelo junto con la historia de vida de los pacientes y sus familias, algunas de gran alegría, otras difíciles y algunas amargas.

Esta noche no fue diferente que las anteriores, pero igual de especial. A sus 52 años, su pelo cano y la paz que reflejó su mirada con sus pequeños ojos, dieron conforte vasto a sus pacientes, siempre amable, siempre con una palabra precisa, con sonrisa que salía del alma, siempre oportuno y diligente.

En sus 22 años nunca faltó a una sola guardia nocturna, con fatiga, algunas veces enfermo, con gripe, o con algún problema familiar, siempre dijo que era muy afortunado de poder tener este trabajo, no lo era por el sueldo, ni por la plaza, mucho menos por el fondo de retiro, era por la oportunidad de brindar el tiempo y la escucha a las personas en su dolor más profundo, en la enfermedad.

“Ningún problema que pueda tener se compara al dolor que sufren mis pacientes”, “Algunas veces el silencio y una sonrisa reconfortan más que cualquier palabra”, son algunas de las frases que Ramón compartió con sus compañeros del turno nocturno.

Su oficio, el de camillero, lo hizo arte, cualquiera puede empujar una camilla, pero sólo Ramón pudo, acompañar de manera tan especial a sus pacientes, a las madres que recién dieron a luz, con su alegría, a los pacientes después de una difícil noche de angustia antes de su cirugía, a los deudos que se acercaban a despedirse del cuerpo de su familiar, cada caso era diferente, pero Ramón siempre lo hizo más llevadero.

Ramón nos acompañará siempre, por los pasillos del hospital de especialidades, por cada uno de los elevadores, y junto a la entrada de y el transfer del quirófano, en la placa de metal que llevará su nombre junto a la puerta del jardín.

Te recordaremos siempre, Don Ramón Martínez Lejía, en su honor y para conforte y pronta resignación de sus familiares hijos y nieto. No es adiós, esperamos verte algún día en la gloria, hasta siempre Ramón (1965-2017) descanse en paz.