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Quien gane la Presidencia se sacará la rifa del tigre

Por Alejo Martínez Vendrell

La ambición de poder, la inmensa gloria de alcanzar el muy visible y poderoso cargo de presidente de la República, es natural que nuble la visión de quienes se proponen asumirlo; quien lo alcance tendrá que enfrentar lo que constituye quizá el más grande desafío que haya tenido que superar cualquiera de sus antecesores.

Esbocemos aquí unos cuantos de los inmensos obstáculos a los que se verá obligado a confrontar. Las cuantiosas e ilusas promesas a las que, en especial algunos de los candidatos, han recurrido por el prurito de atraerse votos, han contribuido a generar enormes expectativas, irreales esperanzas de que el nuevo gran tlatoani que prometió profundas transformaciones revertirá los males del pasado para convertirlos en bienestar generalizado entre la población; cuando esas ilusas expectativas se vean frustradas, los viejos reclamos tomarán nuevos y progresivos bríos.

Desde que fue resquebrajándose el sistema feudal para ir dando paso al surgimiento de los Estados Nación en Europa, éstos han venido asumiendo cada vez más atribuciones y mayores responsabilidades; pero sólo ha sido desde hace menos de siglo y medio que los Estados más avanzados comenzaron a asumir grandes responsabilidades que hoy resultan ya irrenunciables como la de impartición de educación básica gratuita y la de garantía de acceso a servicios de salud; la gente de hoy espera y exige mucho más de sus gobiernos que la de hace muy poco tiempo.

Las capacidades de intercomunicación y de organización de las sociedades, que se han disparado en los últimos tiempos, han potencializado la capacidad que tiene ahora la gente que está descontenta de exigir e influir sobre sus gobiernos. Recordemos que don Carlos Marx consideraba a las clases campesinas como demasiado pasivas para evitar su explotación, mientras que a la clase trabajadora u obreros fabriles de su tiempo, los calificaba como el sector revolucionario capaz de realizar radicales transformaciones liberatorias de la explotación; lo que sucedía en el fondo era que los obreros convivían de manera mucho más estrecha, en espacios más reducidos tanto en el ámbito laboral como en el habitacional y ello les multiplicó su capacidad de intercomunicación y de organización, lo que a su vez les brindó mucha mayor capacidad para exigir.

Desde hace apenas un par de décadas, con la explosiva expansión de los servicios de internet y la revolucionaria creación de las redes sociales, la capacidad de intercomunicación y organización entre grandes masas de población se ha catapultado de forma inusitada, sin precedentes equiparables. La nueva e impactante capacidad de transmitir masivamente ideas y sacudidoras imágenes ha disparado la capacidad, que Marx denominaría revolucionaria, pero que podemos ubicar también como contestataria, de exigencia y protesta de las nuevas sociedades; una pequeña muestra inicial nos la dio el indignado tunecino Mohamed Bouazizi, quien con su personal sacrificio detonó la llamada Primavera Árabe de 2011, que incendió al Medio Oriente.

Hoy los gobiernos se encuentran no sólo bajo un ojo más vigilante y supervisor, con creciente capacidad de penetración en los otrora densos telones del quehacer público, sino que tal supervisión se expresa enfatizando en lo negativo con tan creciente enojo que tiende a contagiar y promover generalizada indignación; pero hay además otros retos de mayor fondo que constituyen desafíos sin precedente contra los nuevos gobiernos.

 

amartinezv@derecho.unam.mx   @AlejoMVendrell