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Caja Negra – Martín Diego

  • Martín Diego Rodríguez

Y LAS CAMPAÑAS POLÍTICAS SON PARA

¿Para qué son las campañas? ¿Para conocer las necesidades de la gente? ¿Para el ventaneo político? ¿Es un concurso de popularidad? ¿Es para hacer cosas novedosas? Lo cierto es que es todo eso y mucho más.

La definición más ortodoxa de lo que es una campaña política la ofrece Jordi Sagarra quien, por cierto, analizó y participó en el diseño de la campaña del expresidente Barak Obama: “una campaña política es un proceso planeado, organizado, dirigido, controlado para que los candidatos propongan una solución después de realizar su intervención o investigación sobre un caso específico. Va orientado a reforzar o cambiar las preferencias electorales de los ciudadanos”.

O sea, una campaña política no es novedosa. Tiene un diferencial, sí, porque se requiere tener un punto de partida con respecto a los competidores de la contienda y debe ofrecer el punto de vista del gobernante o legislador ya en función.

Por eso lo importante también es la elección de los perfiles de los aspirantes a candidatos. Ejemplos los tenemos: hay partidos políticos que han postulado a deportistas, actrices de telenovela, empresarios, locutores de radio y un variopinto espectro de ciudadanos que se suman a hacer campañas políticas cobijados por un partido.

Pero ¿realmente están capacitados para la toma de decisiones? ¿Cómo hablar de política si no la hemos dignificado? ¿Si el ciudadano se vuelve un objeto que es utilizado mediáticamente?

El consultor Juan Manuel Castillo Ocaña, de la prestigiada firma Management Strategy considera que hoy el ciudadano está secuestrado en sus emociones, desligándolo de su proceso de razonamiento y son utilería de las campañas, cuando deberían ser la razón misma de ella.

Por eso jugar con la  emoción es peligroso cuando no se sabe llevar una campaña política.

Hoy las campañas son una galería de lo que no volverán a hacer los candidatos. Hoy los candidatos bailan, los candidatos cantan, se toman selfies, cargan niños, van al mercado, se suben al transporte público y una serie de anécdotas que buscan descubrir cuando, se supone, tienen un proyecto o una planeación para llegar a gobernar.

Hemos insistido, amigos lectores, que el proceso de elección debe ser informado y razonado, que en la mayoría del espectro o tiempo aire, debe ser empleado para que la ciudadanía tome una elección de manera razonada. No con la emoción.

Pero, ¿es solo cuestión de candidatos o partidos? No, también es de las instituciones. Cada seis o tres años, dice Castillo Ocaña, la autoridad electoral se aparece. El impasse de dos años no genera una cultura democrática ni tampoco obliga a los partidos políticos a cumplir con su propósito que es la difusión de sus plataformas para que los ciudadanos elijan entre la oferta partidista.

De los independientes, ni hablamos. Libran una batalla en solitario. Sin candidato a presidente, a gobernador, a senadores, a diputados. Van solos con sus folletos bajo el brazo en espera que algo escurra de una votación corporativa.

Las campañas políticas hoy, puede que tengan contenido en los que son despreciados, digo, nadie apuesta por un equipo llanero, sino apuestan por aquel equipo que invierte en sus cuadros, en su publicidad, en su mercadeo.

Cuando usted, lectora, lector, se encuentre en la urna el 1 de julio, sabrá que será el momento que usted tiene que decidir de manera responsable, de su elección dependemos todos.

Ya el país ha dado muestra de una elección de miedo, corporativa, del menos peor pero aún se puede elegir por el mejor pero, ¿sabemos dónde está? Así las cosas.

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