imagotipo

#aJuicioDe @elreportero #BenditaDiscordia

  • José Antonio Zapata Cabral

Me agradan mucho las reuniones de portada en el periódico, porque siempre aportan elementos de juicio, posiciones, comentarios y anécdotas que alimentan esta columna, y acabo de salir de la de hoy con un tesoro bajo el brazo.

Hablábamos sobre las dificultades que encuentran muchas personas que afrontan trágicos rompimientos en sus vidas, y cómo esta lógica moderna tiene una simiente común: la constante lucha por imponer una victoria clara y rotunda en el terreno donde debiera prevalecer el acuerdo y la paz.

Nuestra sociedad nos enseña, erróneamente, que la persona que grita más es es la que se lleva la razón, y por eso no nos hemos educado en el arte de discrepar productivamente. Esta carencia fomenta la inflexibilidad mental y el pensamiento unidireccional.

Y esto se vuelve una verdadera batalla cuando se trata de defender nuestro punto de vista con la persona con la que compartimos la casa y años de coexistencia.

Las cruentas guerras conyugales guardan relación con el poder. Por ello es frecuente que tras una discusión no se aceptan disculpas, porque la pretensión de cada uno es que el otro ceda terreno a su favor, y los clásicos mecanismos para ello son las concesiones, la aceptación de errores, o lograr un compromiso que cambie el paralelismo de fuerzas.

Muy pocas veces la controversia entre cónyuges son para entenderse mutuamente. El debate casi siempre lo ‘gana’ el que desarma al otro porque tiene una posición más conveniente, argumentos mejor estructurados o, aún más doloroso, porque conoce los puntos débiles de su contrincante.

Y así, a golpe de humillaciones, broncas y congoja, la solución se va alejando del ring en el que se ha convertido ese hogar.

Aunque después nos asalte el arrepentimiento, las heridas que dejan esas discusiones tardan tanto en sanar que a veces viene la ruptura antes de la cicatrización. Y no sólo podemos hablar de matrimonios rotos, sino también de fraternas amistades que se destruyen después de una polémica inútil, y si nos vamos un poco más allá, es también la razón por la que muchas personas se quedan sin empleo sólo por haber dicho una bobada en el momento más inoportuno.

Tengo la infinita fortuna de estar casado con una mujer excepcional que me ha enseñado a controlar los demonios del ego y que me ha invitado a caminar con ella por el camino del autoconocimiento. Confieso que fallo constantemente, pero su asombrosa paciencia me ha encaminado cuando más perdido me encuentro, enseñándome que no sirve de nada descalificar cuando se comienza una discusión.

Con ella también he aprendido que nunca hay que interrumpir, y que es mejor escuchar con atención; que es mejor pedir que exigir; que respetar las diferentes opiniones, en vez de ironizar sobre ellas, es la mejor medicina para aliviar el dolor de las disputas; que preguntarle cómo se siente a quien discute con nosotros es el arma de destrucción de ira más eficiente de todas; que aceptar los errores propios es la forma más humana de madurez; que reconocer lo que el otro hace bien es el santo grial del perdón; que abandonar los trapos viejos y los agravios añejos hace nuestra posición más válida y nos genera más empatía; que dejar de hacer lo que hiere a la otra persona es tender un puente a una profunda amistad, y que abandonar los gritos y empezar a hablar es alcanzar el milagro de la mutua comprensión.

Cuando sigo esa estrategia, entonces mágicamente las discusiones hacen que lleguemos a un mejor lugar del que estábamos antes del problema. Dialogar y medir las diferencias con empatía y madurez fortalece de manera exponencial la unión no sólo con nuestro cónyuge, sino también con las personas con las que discutimos y forcejeamos verbalmente.

Cuando nuestra posición es de diálogo, pero la otra persona se cierra totalmente a los argumentos, es mejor acudir a la estrategia creada por el filósofo griego Sócrates, que requiere que le preguntemos a nuestro interlocutor, ¿a qué te refieres exactamente con esto?, ¿cómo has llegado a esta conclusión?, ¿por qué es eso tan importante para ti?, ¿has contemplado la posibilidad de que estés equivocado?.

Por supuesto, no esperemos una reacción positiva y milagrosa después de hacer estas preguntas, porque no están diseñadas para obrar un portento, sino para hacer pensar. Si con esas preguntas logramos que el tiempo permita incubar conclusiones positivas, entonces sí habremos logrado el asombroso milagro de la epifanía personal que haga que la otra persona abandone la postura de romper lanzas constantemente y que comience a dialogar con nosotros.

De hecho, si somos proactivos, las discusiones se pueden convertir en una calle de doble sentido que nos puede permitir no sólo transitar por el camino del respeto y la mesura, sino también iniciar la andadura en el largo camino de la valentía de conocer al otro y conocernos a nosotros mismos.

jose@antoniozapata.com