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Adviento

  • Iván García Vargas

Desde que era pequeño, acompañaba al abuelo a la sierra, preparaban todo desde un día antes, unos termos con agua, un refrigerio en una pequeña hielera de plástico, las viandas que la abuela les organizaba con mucho cariño, algunas herramientas, una pequeña pala, unas tijeras de jardín, un azadón y el hacha de mano; todo listo en la caja de la vieja camioneta.

Por la mañana muy temprano, con los ojos llenos de sueño y el alma rebosante de entusiasmo, salían antes de que el sol apareciera a calentar el frío día del primer domingo de diciembre. Como siempre, el abuelo se persignaba antes de arrancar la vieja camioneta, no sé si para ofrecer la jornada o pedirle a Dios que encendiera la “tartana”.

Tras un poco de tráfico, tomaron la carretera serrana, unos veinte minutos de sinuosas curvas y con el pavimento húmedo que ameritaba toda la precaución y prudencia del abuelo, llegaron al solar de la sierra que visitaban cada año. Buscó el mejor lugar para estacionar la vieja camioneta, debajo de un árbol que daba una muy buen sombra, la apagó, le rascó la cabeza a su nieto y bajaron los dos con gran ánimo.

El abuelo se cargó en el hombro la bolsa de lona con las herramientas y el nieto cargó la pequeña hielera con las viandas y se adentraron en la arbolada; cada ciertos pasos, el abuelo cortaba una pequeña ramita de algún frondoso árbol, la tallaba contra las palmas de las manos y se llenaba los pulmones con el perfume del árbol y lo daba a oler a su nieto, buscando el aroma más fresco e intenso; algunos con gran olor a madera, otros con olor intenso a hierba y por fin el que buscaban: un gran y bello pino con olor a limón, -es este-, dijo el abuelo. Ahí se sentaron, comieron las viandas, tomaron un poco de aire y sacando las herramientas cortaron una rama grande del árbol, suficientemente grande como para que perfumara toda la casa, pero suficientemente tierna para no dañar el árbol.

Una vez que estuvo la rama en el suelo, anudaron la punta de la rama con la base, haciendo un frondoso y verde aro olor limón, lo tomaron juntos, cada uno tomando un extremo salieron de la arbolada y la llevaron a la vieja camioneta, subieron y con una sonrisa de satisfacción tomaron el camino de regreso a casa, -a la abuela le encantará esta rama- dijo satisfecho el viejo a su nieto.

Cuando llegaron a casa, la abuela tenía sobre la mesa, un mantel  inmaculadamente blanco y sobre él una gran base de madera de cedro, sobre ella colocaron la rama hecha aro, de pronto la casa se perfumó desde el pórtico hasta la cocina, la tenue brisa que entraba por la ventana de la estancia llevaba el aroma hasta el último lugar de la casona.

La abuela colocó cinco velas en el aro de la rama, la adornó con listones rojos y dorados, encendieron la primera vela y juntos se arrodillaron a rezar y ofrecieron esa corona de adviento por la unión de las familias, por los pobres, por las personas sin hogar y por todos aquellos que requieren de una oración.

Terminaron de rezar y platicaron en torno a la corona de adviento, los detalles del viaje a la sierra, mientras sorbían chocolate caliente en las tazas favoritas de la abuela.

Harían lo mismo cada año, hasta que el abuelo no estuviera y el pequeño enseñara la tradición de la corona de adviento a cada uno de sus hijos y nietos…